El Ratoncito Pérez otras veces le había dejado dinero a cambio de un diente. La ecuación era sencilla hasta para una niña de cuatro años: diente x Ratoncito Pérez = dinero.
No sabía exactamente cómo arrancarse un diente. Ahora ninguno se movía y parecían estar pegados con aquel pegamento con el que se mamá pegó la cabeza decapitada de su única muñeca.
De todos es sabido que la persistencia de un niño cuando quiere algo es casi infinita y ella deseaba aquél dinero más que ninguna otra cosa en el mundo.
El dinero se lo daría a su mami para que pudiera comprar algo de comer y conseguir así que dejara de llorar. Ver llorar a su mami porque no podía comprar comida le ponía triste.
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Real como la vida misma, oí a una mujer en el televisor contarlo... ¿en qué mundo se están criando los niños? Y por desgracia aún hay casos peores, en muchos lugares de África (por decir un Continente) ni siquiera existe el Ratoncito Pérez.

